21 de diciembre de 2011

De vuelta a la Navidad


Estamos ya en la recta final de diciembre. En unos días más la mitad de la humanidad celebrará la Navidad, y me ha parecido un buen tiempo para escribir algunas reflexiones… no tanto sobre la fiesta misma, sino sobre el hecho, bien conocido por muchos, de que yo por muchos años dejé de celebrar la Navidad, y ahora he vuelto a participar en ella. Sé y entiendo el que a muchos que me conocieron en aquellos días este cambio les haya causado mayúscula sorpresa, e incluso algunos la califiquen de retroceso, y hasta apostasía. No pretendo defender aquí postura ni doctrina alguna, sino simplemente compartir mis reflexiones, pensamientos, y algunas de las cosas que creo que Dios me ha enseñado a lo largo de ya muchos años en este caminar con Dios.
Para los que no me conocieron en aquellos ayeres, quiero explicar un poco de mi trasfondo. Crecí en una familia con valores morales muy firmes; pero como la mayoría, también dentro de muchas tradiciones y costumbres propias de nuestra cultura y -¿por qué no decirlo así?- nuestra religión; entre ellas la celebración de la Navidad.
Pero pasados los años, sucedió que comencé a escuchar enseñanzas referentes a los orígenes paganos de la fiesta navideña y sus raíces en la fiesta romana de la Saturnalia. El hecho llamó poderosamente mi atención y me di a la tarea de estudiar al respecto. Encontré muchas referencias y datos históricos. Y no sólo lo investigué sino que también lo enseñé previniendo a la gente, advirtiéndole, e instándoles a dejar de celebrar esta fiesta (y muchas otras también). Y así viví por muchos años, con la convicción de que de esa forma era yo más grato a Dios… al menos más que los que sí la celebraban.
Obviamente en casa no la celebrábamos tampoco. Mis hijos no conocieron un árbol de Navidad, ni recibieron regalos –al menos de nuestra parte… y menos aún de Santa Claus-, y lo único que supieron era que la razón por la que la gente decoraba sus casas y negocios, se reunía, se felicitaba, intercambiaba regalos, y celebraban juntos era porque hacían cosas que desagradaban a Dios. Aún el día de hoy, ente risas y un dejo de tristeza, mis hijos recuerdan cuando regresaban a la escuela después de las vacaciones y todos sus compañeritos llevaban los regalos que recibieron, y ellos llevaban la manos vacías…y encima tenían que convencerse que con todo, sus compañeros “estaban mal delante de Dios”… cosa que, por cierto, nunca se tragaron del todo.
También recuerdo cómo me estresaba conforme se acercaba la temporada navideña. Para mí, eran días en que había que vivir como fugitivo: huyendo de las celebraciones y reuniones, de los regalos (que curiosamente, aunque no daba, tampoco me negaba a recibir), de los familiares y amigos, y sobre todo de la tan temida pregunta: “¿y tú por qué no celebras la Navidad?”
Yo era valiente para contestarla en el ambiente de la iglesia, donde creía tener el poder de convencimiento para cambiar la forma de pensar de mis oyentes. Pero fuera de ese círculo era otra cosa. Sabía que no convencía a nadie (nunca tuve un “convertido” con el argumento de la Saturmalia), y sabía también que al final me darían la espalda y considerarían, no si se acercaban a Dios o no, sino cuántos tornillos me hacían falta en la cabeza. Era obvio que más que una conexión que me permitiera acercarme a la gente, me creaba una barrera hacia ellos. En el fondo yo sabía que eso no estaba funcionando; pero hacía el esfuerzo de convencerme a mí mismo de que era la voluntad de Dios que yo hiciera el ridículo.
Pero un día, ¡glorioso día!, a través de diversas circunstancias y de gente maravillosa que creo firmemente que Jesús envió a nuestras vidas, mi esposa Esther  y yo aprendimos que el amor de Dios es mucho más grande de lo que pensábamos. Que somos aceptos y le agradamos, no por lo que hagamos o dejemos de hacer; sino por lo que Jesús hizo en la cruz. Que nuestro lugar está garantizado –no simplemente en el cielo, como si fuera un asiento en un partido de fútbol- sino en centro del mismo corazón de nuestro Padre. Que fuimos llamados a una libertad gloriosa, regulada exclusivamente por Su amor. Y que dado que nada bueno he hecho para ganarme su amor y aceptación, tampoco podré hacer algo tan malo como para perderlos.
Y fue en ese contexto que comencé a cuestionarme y replantearme tantas y tantas cosas, que llegó el momento en que toda mi rancia y obsoleta estructura teológica se colapsó… y con ella –entre muchas otras cosas- mis prejuicios hacia la Navidad.
Fue cuando me percaté del error en que caemos cuando tratamos de ganarnos el favor de Dios cuando ya lo tenemos, porque terminamos pareciéndonos más a los fariseos que a Jesús. Fue también en ese tiempo cuando empecé a percatarme que podía estar más cerca del corazón de la gente a mi alrededor y tener más posibilidad de bendecir sus vidas si aprendía a amarlos en vez de rechazarlos y condenarlos. Fue también cuando aprendí que el mejor evangelismo consiste en desplegar el amor y el poder de Dios en crudo; y no en argumentar, atemorizar, amenazar, manipular, impresionar, o asustar.
Por eso desde hace unos años hemos decidido volver a unirnos a la fiesta navideña. Siendo honesto, me siento un poco como ha de sentirse un musulmán convertido al cristianismo tratando de celebrarla: medio tonto y desadaptado. Pero hemos recuperado terreno. Este año ya decoramos la fachada de la casa con  luces…  (ya es ganancia). ¿El árbol? Tuvieron que regalárnoslo hace unos años con todo y esferas y luces para que nos animáramos a ponerlo; y al pie de éste ya comienzan a aparecer regalos.
¿Qué he ganado y qué he perdido con este cambio? Gané la oportunidad de estar cerca de la gente que me rodea, de proyectar un Dios que ama sobre todas las cosas. Gané un tiempo de celebración y convivencia con las personas que más quiero y los que me aprecian. Gané un espacio más para decirles que les amo, bendecirles y expresar mis deseos y mi esperanza en Dios. Gané libertad: libertad de un yugo religioso que me oprimía y no me permitía ser yo mismo. Y creo que ese mismo yugo fue lo único que perdí.
¿Qué qué creo hoy respecto al nacimiento de Jesús? Si queremos evidencias históricas las hay en abundancia. Estoy convencido que Jesús no nació el diciembre… pero estoy aún más convencido que es lo que menos importa. ¿Qué qué pienso de la envoltura pagana? Que igualmente es lo que a Dios menos le importa. Nuestra cultura está llena de esas cosas, y si queremos limpiarnos de ellas, vamos a terminar en un monasterio, y aún allí nos perseguirá la obsesión de la purificación. El corazón de Dios anhela libres adoradores, no fanáticos fariseos como lo fui yo. Jesús, que es la imagen misma del Padre, nos enseñó que la relación y conexión de amor con Él es la necesidad más importante que tenemos.
¿Que si la ira de Dios vendrá sobre mí? No, ya cayó sobre Jesús para que yo tuviera libertad y disfrutara de Su herencia. De ninguna manera creo que Dios esté enojado conmigo. Muchas veces he hablado con Él desde el día en que cambié esta perspectiva y no me ha dejado ver su ira… y que conste que Él suele ser muy claridoso.
Pienso que lo que menos le importa a Dios es si celebramos la Navidad o no. Si tú, querido lector, quieres celebrarla, está bien. Si tu conciencia no te lo permite, está bien también. Lo único verdaderamente importante es que traduzcamos el amor en honor y respeto para nuestro prójimo. Que seamos libres, e igualmente demos libertad a los demás.
Finalmente quiero dejar en claro que no pretendo argumentar para convencer a nadie; menos aún para debatir. Creo firmemente que lo verdaderamente importante es vivir para ser quienes Dios nos ha llamado a ser, y no querer vivir para convencer. Cuando la gente ve la grandeza de Dios en nosotros, reciben el impacto de su amor; pero siempre tendrán la libertad de escoger si abrazarle o no. Levantemos pues a Jesús, y dejemos que los demás decidan seguirle. Como el mismo Jesús dijo: Y, cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Juan 12.32).
Ah, y que tengan todos una muy feliz Navidad…

13 de diciembre de 2011

El secreto olvidado para "permanecer en Él"


Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí.
Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada.
(Juan 15:4-5 NVI)
 Fue Jesús quien dijo esas palabras. Las he leído desde hace muchos años. Las conozco y las he memorizado: “separados de mí ustedes no pueden hacer nada”. He de confesar que durante mucho tiempo no supe si tomarlas como palabras de ánimo o de intimidación. Me animaba saber que había una manera en que podría “hacer todas las cosas”: permaneciendo en Él. Pero me frustraba no encontrar la fórmula para permanecer en Él.
Intenté muchas cosas para permanecer como rama unida a la vid. Intenté vivir haciendo todo lo que se supone que un “buen cristiano” hace. Intenté leer mi Biblia todos los días, y abracé infinidad de planes de lectura; pero al final siempre claudiqué, no sin un gran peso de condenación por haber fallado. Me propuse orar todos los días, al menos una hora, pero igualmente fallé, y el peso de la culpa y la frustración volvieron sobre mis espaldas. Intenté “evangelizar” a la gente a mi alrededor, pero me salió peor, e igualmente volví a cargar la gran piedra de la culpa y la indignidad, cual Pípila[1] espiritual. Y así, día tras día fui creyendo que aquel: separados de mí no pueden ustedes hacer nada, Jesús lo había dicho en tono de amenaza. Y, por ende, mi conclusión era lógica: si no soy capaz de hacer las cosas necesarias para permanecer en Él, luego entonces no soy capaz de hacer nada… al menos nada bien.
¿Te es familiar ese cuadro? Pienso que para muchos de mis lectores sí lo será. Creo que tristemente esa misma frustración, culpa y tristeza es la que silenciosamente acompaña a la mayoría de los creyentes, que se supone deberíamos ser ejemplo de gozo, alegría desbordante, paz, amor, poder y victoria.
Son muchos los creyentes que viven llenos de preguntas, inquietudes y dudas. Preguntas que muchos tienen, pero pocos se atreven a externar por miedo a ser rechazados, castigados, estigmatizados o incomprendidos al revelar a los demás el conflicto de su corazón; conflicto que, por cierto, la mayoría de los demás a los que temen sufren también. Se cuestionan cada día con infinidad de porqués: ¿por qué no funciona esto? ¿por qué no pasa aquello? ¿por qué Dios no me responde? ¿por qué le he fallado? ¿por qué no hay cambio en mí? ¿por qué no puedo permanecer? Para luego llegar a mentirosas conclusiones: “no soy digno”, “no tengo remedio”, “no soy importante para Dios”, “yo no soy para esto”… Y todo para finalmente terminar “tirando la toalla”. Muchos son los “ex-creyentes” que deambulan por el mundo y que sucumbieron ante el peso de la frustración de no poder hacer lo correcto para “permanecer en Él”.
Pero de ninguna manera creo que ese escenario fuera al que deseaba llevarnos Jesús cuando dijo: separados de mí no pueden ustedes hacer nada. Hay algo en este esquema que no ha estado funcionando y necesitamos reenfocar desde el principio. Cambiar paradigmas.
Entendámoslo de esta manera: todas esas cosas que queremos “hacer” – así, subrayado-: ya sea orar, leer la Biblia, evangelizar, amar al prójimo, diezmar y ofrendar, congregarnos fielmente, servir a Dios… con el fin de calificar para “permanecer en Él” son precisamente eso: cosas qué hacer  (vuelvo a subrayarlo)… y Jesús claramente dijo que separados de Él no podemos hacer nada… separados de Él no podemos mantener una vida de oración, separados de Él no podemos mantener un hambre por Su Palabra, separados de Él no podemos sanar a los enfermos, ni amar al prójimo… ¡porque todas esas cosas son el fruto de la vid! Eso no nos hace permanecer en Él… esto es el fruto de aquello.
¿Y cuál es entonces aquello que nos garantiza permanecer en Él,  y que producirá el fruto en nosotros? Les diré lo que he aprendido: amarle efectivamente; unir nuestro corazón a Él; expresárselo en maravillosos tiempos de adoración, como dos personas enamoradas el uno del otro; amarlo como ama un padre a su hijo; cultivar una conexión íntima y profunda, en plena libertad; buscar tener encuentros con Dios que nos permitan conocer más de Su corazón, y que vayan en aumento hasta poder verle cara a cara. ¡Eso es permanecer en Él!
Es una relación que nos lleve a expresar lo dicho en el Salmo 130: Espero al Señor con toda el alma, más que los centinelas la mañana. Como esperan los centinelas la mañana, o el 131: como un niño destetado está mi alma. Aprender a disfrutar Su Presencia, morar en ella, alimentarnos de Él. Allí estará el combustible para todo lo demás que hay que hacer. O como lo dicen algunos autores contemporáneos como Marcos Vidal:
…Sólo déjame mirarte cara a cara
y perderme como un niño en tu mirada.
Y que pase mucho tiempo,
y que nadie diga nada
porque estoy viendo al maestro cara a cara.
Que se ahogue mi recuerdo en tu mirada.
Quiero amarte en el silencio y sin palabras,
y que pase mucho tiempo y que nadie diga nada,
sólo déjame mirarte cara a cara…[2]

O como lo ha expresado también Jazmin Jacob:
Yo quiero enamorarme más de ti,
enséñame a amarte y a vivir
conforme a tu justicia y tu verdad,
con mi vida quiero adorar.
Todo lo que tengo y lo que soy,
todo lo que he sido te lo doy.
Que mi vida sea para ti
como un perfume a tus pies…[3]

Permanecer en Él no requiere esfuerzo; requiere fe. Creer simplemente, dar por cierto lo que esperamos, vivir convencidos de lo que a simple vista no se ve. Su Presencia es nuestro motor
Esa conexión, tener hambre de Su Presencia, disfrutarla en completa libertad, y cultivar encuentros con Él es algo de lo que nos hemos ido olvidando, y urge restaurar. Sólo en ello encontraremos la motivación para hacer todo lo demás. Sólo eso será nuestro motor para hacer incluso lo imposible.

Cara a cara - Marcos Vidal 


Perfume a tus pies - Jaz Jacob



[1] Se le apodaba el “Pípila” a un misterioso héroe de la guerra de Independencia de México, famoso por abrir brecha en un sitio cargando, para defenderse de los disparos, una pesada piedra sobre sus espaldas.
[2] Cara a cara, por Marcos Vidal.
[3] Perfume a tus pies, por Jazmin Jacob

10 de diciembre de 2011

Para los que se quedan dormidos orando


Hoy alguien me confesó un “secreto”: me dijo que en ocasiones le gana el cansancio, y se queda dormido cuando debería estar orando. Por el modo en que me lo platicó, pude adivinar que le traía culpa y frustración… como a muchos. Se sentía indigno… como muchos. Pero fue muy valiente –como pocos- al hablar de algo que –según él- “sólo le sucede a los que no tienen un compromiso firme con Dios”. Sin embargo, creo que comenzó a sentir alivio cuando le dije que a  todos nos pasa (si usted amable lector es la excepción, hágamelo saber, para hacer la corrección pertinente). Yo también a veces me quedo dormido cuando estoy “pasando un tiempo con Dios” (en lo personal prefiero llamarle así, en vez de decir “estoy orando”… en fin, cosa de gustos). Es más -le confesé, y lo confieso ahora a ustedes- a veces lo hago intencional: oro para quedarme dormido. Y lo "peor" de todo… no me da miedo contarlo.
“¡Desfachatez!” podrían pensar algunos. Bueno, que cada quien piense como quiera. Para mí, “pasar un tiempo con Dios” (nótese que nuevamente evadí decir “orar”, aunque de fondo podría ser lo mismo) es simple y sencillamente “pasar un tiempo de calidad” nada menos que con “Papá”. Ese Padre que me ama incondicionalmente, y del que no sólo yo anhelo estar con Él, sino que incluso Él anhela mi presencia. Nos disfrutamos mutuamente.
Un rato así me recuerda cuando mis hijos estaban pequeños. A menudo, por las noches, alguno de ellos se sentaba en mi regazo, recostaba su cabeza en mi pecho y comenzaba a cantarme o a platicarme algo mientras yo le abrazaba, le acariciaba, besaba su cabeza, y jugueteaba con su pelo. Y poco a poco, su vocecita se iba haciendo más pausada y más débil, hasta que se hacía silencio porque el sueño le había vencido. ¿Y qué cree usted que hacía yo? ¿Arder en ira porque me había deshonrado? ¿Ofenderme? ¿Cree usted que a la mañana siguiente estaba yo enojado y distante? ¿Le castigaba? ¡De ninguna manera! Por el contrario, me enternecía tanto. Seguía yo acariciándole, le besaba, y poco después le llevaba a su cama y le acostaba mientras le bendecía. Y todavía me quedaba allí de pie contemplándole un rato.
Yo creo que así es la cosa con Dios. Nos preocupa mucho, y nos condena la idea de que Dios se ofende y se enoja. Que somos malos hijos porque nos quedamos dormidos. Pero yo creo firmemente que Dios nos mira con ojos de Padre… ¡y vaya que Él sabe ser un mejor y más amante Padre que nosotros! Y si nos dormimos, sabe que estamos cansados, y creo que igual nos abraza, nos caricia, y nos bendice.
Creo que todo inicia con la idea que tenemos de orar. Sentimos que es un requisito que debemos llenar. Un estándar que alcanzar. Una expectativa que cumplir. Una carrera contra reloj.Y eso mismo lo hace pesado… y tedioso. Pero cuando el motor no es la obligación y el temor, sino la pasión y el amor que le tenemos todo se vuelve un deleite, podemos disfrutar de una maravillosa libertad y envolvernos en Su Presencia; dejarnos arropar por Él, y si nos sentimos a gusto, tal vez hasta quedarnos dormidos. Por eso mismo es que yo prefiero no llamarle orar, sino “pasar un tiempo con Dios”. No porque piense que orar tenga algo negativo –de ninguna manera-, sino porque nosotros le hemos imprimido un carácter tedioso, solemne y religioso que no debería corresponderle.
Y sí… a aquellos que podrían estar pensando en Mateo 26.40, cuando Jesús vino …a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?, les diré: lo tengo presente, pero también encuentro que se trataba de circunstancias especiales de urgencia –Jesús estaba a punto de ser aprehendido- de las que los discípulos parecían no percatarse; y también encuentro que Jesús no los reprendió, y menos aún los condenó –como nunca hizo con nadie-.
Así pues, disfrutemos de la Presencia de Dios. Aprendamos a gozarnos en ella con plena libertad y en alegría. Y si Su misma Presencia nos trae descanso… pues ¡aleluya!... descansemos a pierna suelta.

22 de octubre de 2011

¡Ángeles!


Entonces el diablo se fue, y llegaron ángeles a cuidar a Jesús. (Mateo 4:11)
Hoy estuve leyendo en Mateo el pasaje cuando Jesús fue tentado en el desierto; sólo que en esta ocasión Dios llamó mi atención hacia un detalle sobre el que creo no haber reflexionado antes: cuando toda aquella prueba terminó, llegaron ángeles a cuidar a Jesús. La versión inglesa The Message dice que vinieron ángeles a hacerse cargo de las necesidades de Jesús[1].
Quisiera imaginarme la escena en el cielo. El Padre observando a Su Hijo amado mantener firmemente su identidad y su posición, sin retroceder un milímetro, ni darle lugar al enemigo que lo hostigaba. Se sentía orgulloso de Jesús, aunque también sabía que no había sido para él un momento agradable. Sufría, –digámoslo en términos de nuestros tiempos- “pasaba estrés.” De alguna forma, para el Hijo de Dios hecho hombre, todo ese proceso le significó un tremendo desgaste. Pero al final, cuando el diablo le dejó y todo hubo terminado, el Padre inmediatamente dio la orden de reconfortar a Jesús. Atender sus necesidades de ánimo, de fortaleza, de compañía y de poder. Todo lo que fuera necesario para que su ser volviera al estado en que estaba antes de este difícil  proceso. Y por eso, muchos ángeles vinieron solícitos en su auxilio, deseosos de cumplir su misión con el Amado del Padre. ¡Qué maravillosa escena debió ser esa!
Pero esta reflexión me hace pensar en algo más. Si eso fue la forma en que el Padre respondió ante la necesidad de Jesús de ser reconfortado luego de la batalla, ¿no hará Él lo mismo con nosotros cuando pasamos momentos difíciles, de lucha, de batalla, de tentación, o incluso de derrota? Porque después de todo, si el precio de nuestro rescate fue la vida de Jesús, eso me dice que yo –y cada uno de nosotros en particular- valgo lo mismo que Jesús en el corazón de Dios.
¡Sí lo creo! ¡Hay ángeles! ¡Y vaya que los hay! Cada vez que hemos enfrentado momentos difíciles Dios envía ángeles a cuidar de nosotros. Ángeles para hacerse cargo de nuestras necesidades de ánimo, de fortaleza, de compañía y de poder. Allí están, como estuvieron con Jesús. Sólo que, como en todo lo que tiene que ver con el Reino de Dios, es necesario hacer un alto y creer. Tal vez no los vemos, pero están. Y cuando somos capaces de creer, somos capaces de recibir y de disfrutar lo que Dios nos ha enviado a través de ellos. Nos reconfortan, nos hablan a nuestro espíritu y nos dicen lo valiosos que somos y lo orgullosos que el Padre está de nosotros. Nos animan a levantarnos si caímos, y a volver a tomar el camino. Nos dan esperanza, profetizan sobre nosotros… se hacen cargo de nuestra necesidad.
Los ángeles son reales, más de lo que imaginamos. Yo tuve hace algunos años una experiencia muy impactante. Pasé una noche en casa de un pastor, de paso para iniciar un viaje que resultó ser lleno de sorpresas y contratiempos. Dormía solo en una habitación, y a mitad de la noche me desperté porque sentí que alguien se recargaba en la cama. Abrí los ojos pero no pude moverme para ver quién estaba allí porque sentí el peso de alguien, ahora detrás de mí, recargándose sobre mi cuerpo. Sólo pude volver mi cabeza para encontrarme de frente con el rostro afilado de un hombre de tez morena y cabello negro que me miraba profundamente con sus ojos negros. Pero lejos de asustarme, me invadió de paz. Tenía extendidos sus brazos sobre mí de manera que su mano derecha estaba sobre mi hombro, y la otra mano a mis pies. Luego desvió su vista y recargó su cabeza sobre mi costado, y comenzó a orar. ¿Por qué sé que oraba? No lo sé, pero estoy seguro que lo hacía. Y poco a poco me fueron invadiendo cada vez más una paz y una seguridad maravillosas. No hubo palabras, ni ruido alguno. Me sentí muy amado. Poco a poco fui quedándome dormido, y desperté hasta la mañana siguiente… y podía sentir su presencia aún allí. Aunque no estaba alado, ni era el estereotipo de ángel que nos han enseñado, pero estoy convencido que fue uno de ellos, enviado por Dios desde Su trono para cuidar de mi necesidad.
Por eso, y por lo que dice el evangelio, la próxima vez que pase por un momento difícil, aún incluso que sea un tropiezo o aún una caída, no me llenaré de pánico, ni me daré permiso de sentirme solo. Antes bien, haré un alto y creeré que en ese preciso momento el Padre que me ama, desde el cielo ha enviado ángeles para hacerse cargo de mis necesidades… ¡Me dejaré consentir!


[1] ...Angels came and took care of Jesus' needs. (Matthew 4:11) The Message.

15 de octubre de 2011

Algo qué proteger


A lo largo de nuestras vidas establecemos y desarrollamos un sinnúmero de relaciones. Diversas conexiones que nos acercan en diferentes maneras e intensidades a la gente alrededor de nosotros. Diferentes formas todas ellas de aplicar, en variados niveles, el mandamiento de “Amarás a tu prójimo”.
Cada una de esas relaciones oscila y se ubica en algún punto entre lo que es una relación distante o indiferente, y una relación íntima, cercana, o estrecha.  Si la clave de la relación es el amor, o la intensidad hacia la otra persona; y si el amor lo definimos, como “la transmisión del mensaje ‘Tú eres importante para mí’[1], entonces lo que establece si una relación es íntima o distante será simplemente el qué tan importante para mí es aquella persona.
Cabe hacer hincapié que al hablar de “tú eres importante para mí” me refiero al valor que estamos dando al corazón y a los sentimientos  de la persona en cuestión. ¿Qué tanto me importa lo que siente mi cónyuge, por ejemplo? ¿Qué tanto valoro el corazón de mis hijos, o mis hermanos, o mis padres, por ejemplo? ¿Qué estoy dispuesto a hacer para no lastimar el corazón de las personas que digo que quiero? ¿O cómo puedo proteger los sentimientos de aquellos a los que amo?
Yo amo a mi esposa -la persona sobre la Tierra con quien tengo mi relación más estrecha. ¡Y vaya que es una verdad! Pero en principio, es algo que sólo lo sé yo. Generalmente cuando decimos: yo amo a mi esposa, o a mis hijos, o a mi amigo, o a quien fuera, estamos tratando de expresar un sentimiento que hay dentro de nosotros hacia esa persona. Pero no basta con sentirlo, debo transmitirlo, y con algo más que con palabras. Debo trabajar para que ella vaya sintiéndose segura conmigo en la medida en que va conociendo el sentimiento –el amor, pues- que yo le tengo. Tengo que transmitirle o hacerle saber cuán valiosa e importante es ella para mí; o más específicamente, cuán valioso me es su corazón, y cuán dispuesto estoy a proteger sus sentimientos.
Obviamente, de la primera persona de quien he de proteger sus sentimientos es de mí mismo. Ella debe saber que yo no voy a querer hacer algo que hiera su corazón. La medida en que ella va a sentirse amada, es la misma medida en que ella se sienta segura conmigo… y viceversa, por supuesto.
Si verdaderamente le amo, no haré algo que pudiera lastimarle. Yo la conozco, y sé qué cosas son las que le causan dolor, pena, desilusión, etcétera… y serán precisamente esas las cosas que específicamente yo evitaré. Esto va a establecer una especie de código de conducta en mí. El valor que doy a su corazón, y la disposición de proteger sus sentimientos van a servir para poner límites sanos a la manera en que me conduzco.
A mí siempre me ha gustado hacer bromas. Es algo que se me da de manera muy natural; y aunque a mucha gente a mi alrededor le ha caído bien, tengo que reconocer que en muchos casos esa manía me ha metido en problemas; y muy especialmente con Esther, mi esposa, porque resulta que a ella definitiva y absolutamente no le gustan las bromas, ni le causan gracia alguna; antes, una broma, especialmente viniendo de alguien ella espera que proteja su corazón, le hiere profundamente. Eso lo he aprendido bien… aunque me ha costado a través de los años muchos descalabros que he lamentado profundamente. He entendido que ella es así; y que no es mi tarea querer cambiarla, sino respetarla; y, sobre todo, proteger su corazón… ¡de mí mismo! Por lo tanto, y debido a que la amo (vamos, al hecho de que ella es muy importante para mí, e incluso más importante aún que mi necesidad de bromear), esa necesidad de sentirse protegida en esa área específica, me establece un límite en mi forma de ser y de relacionarme con mi esposa. Y no es que me lo prohíba; sino que si yo deseo proteger su corazón, evitaré herirle con mis chistes y bromas… y lo haré con gusto, sabiendo que estoy guardando el corazón, y aportando algo para hacer feliz a la persona más importante para mí.
Lo íntimo, o lo distante, de una relación queda establecido por el grado en que estamos guardando el corazón y los sentimientos del otro. La clave de una relación íntima está en que tenemos algo de la otra persona que vamos a proteger: su corazón, sus sentimientos. De esta manera, en una relación sana y recíproca, se establece una seguridad basada en que yo protejo tu corazón, y tú proteges el mío.
El éxito de una relación no está en reglas externas, sino en el valor que damos al corazón del prójimo. Si queremos depender de controles externos, tarde que temprano fallaremos, o al menos nuestra relación se tornará muy desgastante, y sin un motor que la impulse.
Volviendo al caso de mi esposa, puedo dar otro ejemplo que ilustra esto último. Hay un mandamiento muy claro en la ley de Moisés que dice No cometerás adulterio[2]. Es un mandamiento bien definido; pero a final de cuentas, por tratarse de una ley, es un control externo. Sin embargo, no es esa la razón por la que yo le he sido, le soy, y le seré fiel a mi esposa. La razón es simplemente que la amo. Que ella es muy importante para mí… la persona más importante. Mi mayor deseo y objetivo es proteger su corazón, y por supuesto que el adulterio no significa una opción para mí (y sé que menos aún para ella). Pero es así por el código de conducta que yo he desarrollado en función del valor que tengo por su corazón, y no porque exista una ley ni una amenaza de castigo por violar el mandamiento. Ella misma mi es razón de serle fiel; y no la ley ni el mandamiento.

Nuestra relación más importante
Este principio –establecer una relación íntima en función de guardar el corazón de la persona amada- aplica en todas nuestras relaciones. Entre más importante es el corazón y los sentimientos del otro, más estrecha será nuestra relación. Ya sea la gente que nos rodea, o nuestros familiares, o nuestros amigos, o quien sea… o incluso con aquel quien debe ser nuestra relación más importante: Dios.
Efectivamente, este principio funciona igualmente en nuestra relación con Dios. Si queremos una relación íntima, cercana, estrecha y profunda con Él, llena de experiencias maravillosas, de Su Presencia y de Su Poder, un principio fundamental es valorar Su corazón y protegerlo; y dejar que el que nosotros guardemos el corazón de Dios vaya definiendo en nosotros un código de conducta o una manera de comportarnos que siempre le honre y exprese el amor que le tenemos, no dependiendo de las leyes externas, sino del valor que damos a Su corazón y a sus sentimientos.
Durante ya varios años he venido enseñando constantemente que Dios no nos guarda rencor, que es infinitamente bueno, y que no está enojado con nosotros por nuestros pecados… y lo reitero. Pero creo también que muchos esto lo han interpretado como permiso para pecar a gusto; y en realidad lo único que ha puesto en evidencia –para los que lo han leído así- es que no valoran el corazón de Dios.
Nosotros podemos pecar si queremos –espero que no me tomen la palabra-, y eso no genera en Dios ansias de castigo o venganza, porque todo nuestro castigo y la justicia debida a nuestros pecados recayó en la cruz sobre Jesús. Pero eso no significa que a Dios no le duela que nosotros, sus hijos amados, hagamos tonterías. Por supuesto que nuestros pecados le generan dolor y pena, y no porque mis pecados le hagan menos a Él o le dañen; sino porque, como yo soy muy importante para Él, le duele ver que yo tome malas decisiones que voy a pagar con caras consecuencias.
Si alguno de mis hijos hace una tontería y toma una mala decisión, seguramente que no me dañará a mí directamente; pero, debido al vínculo que el amor construye entre mi hijo o mi hija y yo, lo que haga equivocadamente me dolerá como si me lo hiciera a mí… y muchas veces aún más. Y si fuera el caso, no le guardaré rencor, ni lo castigaré –bastante escarmiento tendrá ya con las consecuencias que tendrá que enfrentar-, pero eso no quiere decir que no me duela en el alma. Es inevitable.
Por eso mismo, como hijos de Dios, no tiene sentido regular nuestra conducta con mandamientos y prohibiciones (cosa a veces como: no hagas esto, no hagas aquello, se supone que un cristiano no hace tal cosa, se supone que un hijo de Dios no debe hacer eso que haces, etc.). Nuestro código de conducta -"lo que se vale o no se vale"- debe de surgir desde adentro de nuestro corazón. Debe de surgir del hecho de que tenemos algo muy importante que proteger: ¡el corazón mismo de Dios!

12 de octubre de 2011

¡Qué bonita familia!


Hay privilegios de los que gozamos, pero que nos son tan naturales, que pocas veces los apreciamos. Este fin de semana tuve algunas experiencias que me hicieron darme cuenta de uno de esos: el privilegio de tener y ser parte de una bonita familia.
Yo -como supongo que a la mayoría les sucede- suelo ver a mi familia como “muy normal”.  Cuando aquí hablo de mi familia, me refiero específicamente a los que formamos el árbol genealógico que se despliega con mis padres: mis dos hermanas, mis dos cuñados, mis cuatro sobrinos… y por supuesto, mi esposa querida, mis tres muy amados hijos, y yo. Quince personas en total.
El domingo pasado nos reunimos a celebrar nada menos que los –digo yo- primeros 75 años de vida de mi mamá, junto con otros familiares cercanos, y un montón de amigos de mis papás que integran el sensacional grupo de adultos mayores al que pertenecen, y con el que han hecho ambiente, amistad y muy buenas relaciones. Todos pusimos nuestro granito de arena en la organización del evento (debo confesar que el mío sí fue granito, comparado con el de mis hermanas que fue más un “viaje de arena”).
Fue de resaltar la participación de los nietos (mis sobrinos y mis hijos) que hicieron un excelente trabajo atendiendo a los invitados en las mesas. Por otro lado, mi papá me había pedido que justo antes de iniciar la comida tomara la palabra para dar gracias a Dios. Y así lo hice, con mi estilo natural, hablando a Dios con confianza, con mis ojos abiertos, y expresando desde mi corazón mi gratitud, no sólo por la deliciosa paella que se sirvió y por los amigos y familiares presentes, sino especialmente por la vida de mi mamá. En ese momento se me quebró la voz, y entonces ella se levantó a darme un abrazo, y todos los invitados rompieron espontáneamente en un fuerte aplauso. Realmente no era eso lo que yo buscaba –el aplauso-, pero me alegré de que mis palabras sinceras hubieran tocado el corazón de los presentes.
Y así pasó la fiesta, muy bonita, divertida, e igualmente significativa; pero además -al menos para mí- muy normal… hasta que todo terminó y los invitados comenzaron a irse. Fue entonces, cuando al despedirse y darnos las gracias, prácticamente ninguno de ellos dejó de expresar con mucha sinceridad: “¡Qué bonita familia!” Uno tras otro decía lo mismo. De algunos de ellos pude percibir, incluso, que lo decían con la voz quebrada. Evidentemente algo habían visto en nosotros que les impactó. Quiero pensar que fue la armonía, la unidad, el amor, el honor, el servicio, la sinceridad, el cariño, el respeto, y quizás otras cosas que para nosotros, en esta familia, nos han sido “normales”; tan normales, que poca cuenta nos hemos dado de que están allí… y de cuánto las carecen otras familias a nuestro alrededor. Cosas que mis hermanas y yo las vivimos y vimos desde pequeños en mis papás, y que formaron el fundamente de nuestras vidas. Cosas que hicieron el ambiente de nuestro hogar, y que también las llevamos a nuestras propias familias una vez casados. Cosas que fueron y han sido como nuestro diario respirar, y nos han brindado seguridad y fortaleza; pero en las que quizás poco había reflexionado -al menos yo- en el privilegio que he tenido; pero que en esta ocasión, el tanto oírlo me hizo valorar.

La preservación del privilegio
Mientras cavilaba sobre este privilegio que Dios nos ha dado, un pensamiento me llevó a otro, y de pronto una inquietud me surgió: ¿Cómo podemos preservar este privilegio tan grande? ¿Qué debemos hacer para que esto no se pierda, sino se preserve por generaciones? ¿Cómo hacer que nuestra herencia, en vez de disminuir, aumente?
Y fue entonces cuando, en tratar de responder a mis propias inquietudes, me asaltó una tentación. Me imaginé a mí mismo sermoneando, al menos a mis hijos, acerca de la bendición que Dios les dio de haber nacido en una familia tan privilegiada, y sobre todo, de la necesidad de proteger y preservar “el buen nombre de la familia Nava Ríos.” Casi me oía decirles: “No osen jamás manchar el buen nombre y el ejemplo de nuestra familia.” Y aún más, se me antojaba en mi imaginaria perorata advertirles: “Ay de aquel que se atreva a ensuciar el testimonio de nuestro linaje” (Se oye bien, ¿o no?).
Mas justo en ese momento, en medio de mi imaginación, comencé a oír otra voz que no era parte de mi escenario, pero que ya me era bien conocida: la suave voz de Dios que me preguntaba: “¿Y realmente será esa la forma de preservar el privilegio? ¿O más bien una  eficaz manera de convertir la bendición en una pesada carga?” Nada más eso dijo… y nada más era necesario agregar.
Como siempre, Sus preguntas son muy buenas; y como siempre, cuando Él pregunta, no busca información, sino hacernos reflexionar. Y, como era lógico: me hizo reflexionar.
Cuando en un grupo humano descubrimos que hemos recibido una bendición muy especial y tomamos una actitud defensiva para protegerla, terminamos precisamente convirtiendo la bendición en una pesada carga. Pero si en vez de ello, nos enfocamos en valorar quienes somos, y damos espacio para el error y el fracaso, brindando oportunidades para corregir sin amenazar con rechazar al que hubiera fallado; entonces los miembros del grupo bendecido –en este caso, mi familia- vivirán de acuerdo a esa bendición o privilegio.
La actitud defensiva genera una amenaza de castigo sobre el que osara fallar; lo que hace que el que hubiera fracasado se vea en la necesidad de fingir, ocultando su yerro a fin de evitar el castigo o el rechazo. De la otra forma, cuando nuestro enfoque es nuestra identidad –quiénes somos- nos sentimos libres, aún de mostrarnos tal y como somos; sabiendo que seremos siempre amados o aceptados.
En otras palabras, una cosa es vivir a partir de la bendición que tenemos, y dejar que el honor o privilegio de tenerla regule nuestra vida; y otra muy distinta es vivir para proteger las apariencias.
Si yo cometiera el error de sermonear a mi familia como imaginé, estaría poniendo sobre ellos una presión tal que los obligaría a cuidarse, a vivir con temor, y finalmente en hipocresía. Pero si en vez de ello, les enseño a ser agradecidos por lo que tenemos, les muestro amor y aceptación, y les recuerdo el valor que cada uno de ellos tiene, les estaré animando a preservar el privilegio, a la vez que estoy avivando los principios que dieron pie a esa bendición.

Extrapolando mi experiencia a la otra “Familia”
Algo muy parecido suele sucedernos a los cristianos cuando descubrimos lo bendecidos que somos, y “¡qué bonita familia!” es la que formamos. En vez de enfocarnos en disfrutar el privilegio de ser quiénes somos y preservar la herencia a partir de nuestra identidad; nos enfrascamos en protegerla promulgando y priorizando una lista de “no’s” –cosas que se supone que no debemos hacer- por encima de nuestra identidad, y que termina por ahogarnos y hacer que el ser parte de la familia de Dios sea una pesada carga.
De la misma manera que han sido los valores que han campeado en mi familia los que definen su carácter, y no la obligación de tener una determinada conducta; asimismo son los valores fundamentales del Reino los que nos identifican como hijos de Dios, y no una lista de prohibiciones.
El que la gente al referirse a nosotros dijera libremente “¡qué bonita familia!”, no fue producto de un “tenemos que ser de tal o cual forma”, o de la presión de llenar un estándar; sino que ha sido el efecto de valores que siempre fueron naturales y normales en nosotros, desde mis padres.
Así en la iglesia, lo que nos hace parte de la familia de Dios es el priorizar el amor, el honor, la aceptación, la fe, el poder y demás valores del Reino; pero nunca la rigidez de las reglas y la amenaza de castigo y rechazo que sólo lastiman, incentivan la hipocresía, y proyectan la falsa idea de que la vida del cristiano es dura, difícil y sólo para unos cuantos elegidos.
En el Reino somos parte de una mejor familia aún, a la que Jesús nos ha dado la entrada. Es lo que ya somos por razón de Él lo que debe proyectar nuestra conducta. Vivamos pues en esa libertad, sin buscar tampoco que los demás vivan esclavos de aquello de lo que nosotros mismos hemos sido liberados… hasta que a los demás se les antoje ser parte de esta “muy bonita Familia”.

28 de septiembre de 2011

Los violentos del Reino - Podcast


Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. (Mt 11:12)

Las palabras violentos y violencia, asociadas al Reino de Dios, no dejan de incomodarnos. Al Reino de Dios solemos asociarlo más bien con paz, emancipación, tranquilidad, cordialidad; pero no con violencia. Sobre todo en estos días en que la violencia es algo con lo que no queremos nada que ver.
Pero pienso que el sentido en el que Jesús lo expresó, llevaba connotaciones un tanto diferentes a las que hemos querido entender. Él está hablando más bien de que en el Reino de los Cielos no se admiten cobardías, ni “medias tintas”, exige coraje y determinación rotunda[1].

Y es que hay básicamente dos maneras de abordar el Reino de Dios:

  1.  Jugando el papel de víctima, rogando a Dios y tratando de convencerlo para que atienda nuestra petición y que haga las cosas que necesitamos. O,
  2.  Jugando el papel de “violento”, arrojado, valiente. Que se asocia con Jesús para hacer que las cosas sucedan.
Por supuesto que Dios no rechaza ni a uno ni a otro. No se trata de que uno de ellos sea malo y el otro sea bueno. Digamos que se trata de que uno (víctima) es “bueno”… pero el otro (violento) es mejor.

Muchas veces vemos a Jesús tratando de llevar a sus discípulos a un nivel de fe, relación y confianza más arriba que el grueso de la gente que se acercaba para que les hiciera un milagro (y que sin duda se los hacía). Los desafiaba a activar los recursos del Reino para hacer que las cosas sucedieran.

Cuando le plantearon el problema de la falta de comida para alimentar a cinco mil gentes, les dijo: “denles ustedes de comer”. Cuando lo despertaron porque la tempestad amenazaba con hacerlos naufragar, les preguntó: ¿dónde está su fe?”. Y en su momento los envió a que ellos mismos sanaran a los enfermos, limpiaran a los leprosos, y resucitaran a los muertos. Jesús quería que no tomaran la posición de víctimas de las circunstancias, de los problemas, de las enfermedades, ni siquiera del diablo. El quería que tuvieran la confianza en la investidura y el llamado que Él les estaba dando, e hicieran suceder las cosas como colaboradores de Jesús. Digámoslo así, que fueran lo suficientemente “violentos” como para arrebatar el Reino.

Creo que ese es el nivel en el que nosotros debemos aprender a movernos. Como creyentes, sacudirnos la mentalidad de víctimas, y movernos en la identidad que tenemos en Dios. Tenemos todo el respaldo del Espíritu Santo para hacer que las cosas de Dios sucedan. Es una actitud que se refleja en todo lo que hacemos.

Sobre este tema, comparto este mensaje que di recientemente en Semillas de Vida. Es mi oración que genere un cambio en la actitud de los creyentes.

Para escucharlo da click en el botón Play



Para descargarlo, da click aquí:
LOS VIOLENTOS DEL REINO




Puedes escucharlo en www.transformandolacultura.blogspot.com

[1] Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español. Por Francisco Lacueva. Ed. CLIE. Nota marginal, Mateo 11:12