Estamos ya en la recta final de diciembre.
En unos días más la mitad de la humanidad celebrará la Navidad, y me ha
parecido un buen tiempo para escribir algunas reflexiones… no tanto sobre la
fiesta misma, sino sobre el hecho, bien conocido por muchos, de que yo por
muchos años dejé de celebrar la Navidad, y ahora he vuelto a participar en
ella. Sé y entiendo el que a muchos que me conocieron en aquellos días este cambio
les haya causado mayúscula sorpresa, e incluso algunos la califiquen de
retroceso, y hasta apostasía. No pretendo defender aquí postura ni doctrina alguna,
sino simplemente compartir mis reflexiones, pensamientos, y algunas de las
cosas que creo que Dios me ha enseñado a lo largo de ya muchos años en este
caminar con Dios.
Para los que no me conocieron en
aquellos ayeres, quiero explicar un poco de mi trasfondo. Crecí en una familia con
valores morales muy firmes; pero como la mayoría, también dentro de muchas tradiciones
y costumbres propias de nuestra cultura y -¿por qué no decirlo así?- nuestra religión;
entre ellas la celebración de la Navidad.
Pero pasados los años, sucedió
que comencé a escuchar enseñanzas referentes a los orígenes paganos de la
fiesta navideña y sus raíces en la fiesta romana de la Saturnalia. El hecho
llamó poderosamente mi atención y me di a la tarea de estudiar al respecto.
Encontré muchas referencias y datos históricos. Y no sólo lo investigué sino
que también lo enseñé previniendo a la gente, advirtiéndole, e instándoles a
dejar de celebrar esta fiesta (y muchas otras también). Y así viví por muchos
años, con la convicción de que de esa forma era yo más grato a Dios… al menos
más que los que sí la celebraban.
Obviamente en casa no la celebrábamos
tampoco. Mis hijos no conocieron un árbol de Navidad, ni recibieron regalos –al
menos de nuestra parte… y menos aún de Santa Claus-, y lo único que supieron
era que la razón por la que la gente decoraba sus casas y negocios, se reunía, se
felicitaba, intercambiaba regalos, y celebraban juntos era porque hacían cosas
que desagradaban a Dios. Aún el día de hoy, ente risas y un dejo de tristeza,
mis hijos recuerdan cuando regresaban a la escuela después de las vacaciones y
todos sus compañeritos llevaban los regalos que recibieron, y ellos llevaban la
manos vacías…y encima tenían que convencerse que con todo, sus compañeros “estaban
mal delante de Dios”… cosa que, por cierto, nunca se tragaron del todo.
También recuerdo cómo me
estresaba conforme se acercaba la temporada navideña. Para mí, eran días en que
había que vivir como fugitivo: huyendo de las celebraciones y reuniones, de los
regalos (que curiosamente, aunque no daba, tampoco me negaba a recibir), de los
familiares y amigos, y sobre todo de la tan temida pregunta: “¿y tú por qué no
celebras la Navidad?”
Yo era valiente para contestarla
en el ambiente de la iglesia, donde creía tener el poder de convencimiento para
cambiar la forma de pensar de mis oyentes. Pero fuera de ese círculo era otra
cosa. Sabía que no convencía a nadie (nunca tuve un “convertido” con el
argumento de la Saturmalia), y sabía también que al final me darían la espalda y
considerarían, no si se acercaban a Dios o no, sino cuántos tornillos me hacían
falta en la cabeza. Era obvio que más que una conexión que me permitiera
acercarme a la gente, me creaba una barrera hacia ellos. En el fondo yo sabía que
eso no estaba funcionando; pero hacía el esfuerzo de convencerme a mí mismo de
que era la voluntad de Dios que yo hiciera el ridículo.
Pero un día, ¡glorioso día!, a
través de diversas circunstancias y de gente maravillosa que creo firmemente
que Jesús envió a nuestras vidas, mi esposa Esther y yo aprendimos que el amor de Dios es mucho
más grande de lo que pensábamos. Que somos aceptos y le agradamos, no por lo
que hagamos o dejemos de hacer; sino por lo que Jesús hizo en la cruz. Que nuestro
lugar está garantizado –no simplemente en el cielo, como si fuera un asiento en
un partido de fútbol- sino en centro del mismo corazón de nuestro Padre. Que
fuimos llamados a una libertad gloriosa, regulada exclusivamente por Su amor. Y
que dado que nada bueno he hecho para ganarme su amor y aceptación, tampoco
podré hacer algo tan malo como para perderlos.
Y fue en ese contexto que
comencé a cuestionarme y replantearme tantas y tantas cosas, que llegó el
momento en que toda mi rancia y obsoleta estructura teológica se colapsó… y con
ella –entre muchas otras cosas- mis prejuicios hacia la Navidad.
Fue cuando me percaté del error
en que caemos cuando tratamos de ganarnos el favor de Dios cuando ya lo
tenemos, porque terminamos pareciéndonos más a los fariseos que a Jesús. Fue también
en ese tiempo cuando empecé a percatarme que podía estar más cerca del corazón
de la gente a mi alrededor y tener más posibilidad de bendecir sus vidas si
aprendía a amarlos en vez de rechazarlos y condenarlos. Fue también cuando
aprendí que el mejor evangelismo consiste en desplegar el amor y el poder de
Dios en crudo; y no en argumentar, atemorizar, amenazar, manipular,
impresionar, o asustar.
Por eso desde hace unos años
hemos decidido volver a unirnos a la fiesta navideña. Siendo honesto, me siento
un poco como ha de sentirse un musulmán convertido al cristianismo tratando de
celebrarla: medio tonto y desadaptado. Pero hemos recuperado terreno. Este año
ya decoramos la fachada de la casa con luces… (ya es ganancia). ¿El árbol? Tuvieron que
regalárnoslo hace unos años con todo y esferas y luces para que nos animáramos a
ponerlo; y al pie de éste ya comienzan a aparecer regalos.
¿Qué he ganado y qué he perdido
con este cambio? Gané la oportunidad de estar cerca de la gente que me rodea,
de proyectar un Dios que ama sobre todas las cosas. Gané un tiempo de celebración
y convivencia con las personas que más quiero y los que me aprecian. Gané un
espacio más para decirles que les amo, bendecirles y expresar mis deseos y mi
esperanza en Dios. Gané libertad: libertad de un yugo religioso que me oprimía
y no me permitía ser yo mismo. Y creo que ese mismo yugo fue lo único que
perdí.
¿Qué qué creo hoy respecto al
nacimiento de Jesús? Si queremos evidencias históricas las hay en abundancia.
Estoy convencido que Jesús no nació el diciembre… pero estoy aún más convencido
que es lo que menos importa. ¿Qué qué pienso de la envoltura pagana? Que igualmente es lo
que a Dios menos le importa. Nuestra cultura está llena de esas cosas, y si
queremos limpiarnos de ellas, vamos a terminar en un monasterio, y aún allí nos
perseguirá la obsesión de la purificación. El corazón de Dios anhela libres adoradores,
no fanáticos fariseos como lo fui yo. Jesús, que es la imagen misma del Padre,
nos enseñó que la relación y conexión de amor con Él es la necesidad más
importante que tenemos.
¿Que si la ira de Dios vendrá
sobre mí? No, ya cayó sobre Jesús para que yo tuviera libertad y disfrutara de
Su herencia. De ninguna manera creo que Dios esté enojado conmigo. Muchas veces
he hablado con Él desde el día en que cambié esta perspectiva y no me ha dejado
ver su ira… y que conste que Él suele ser muy claridoso.
Pienso que lo que menos le
importa a Dios es si celebramos la Navidad o no. Si tú, querido lector,
quieres celebrarla, está bien. Si tu conciencia no te lo permite, está bien
también. Lo único verdaderamente importante es que traduzcamos el amor en honor
y respeto para nuestro prójimo. Que seamos libres, e igualmente demos libertad
a los demás.
Finalmente quiero dejar en claro
que no pretendo argumentar para convencer a nadie; menos aún para debatir. Creo
firmemente que lo verdaderamente importante es vivir para ser quienes Dios nos ha llamado a ser, y no querer vivir para convencer. Cuando la gente ve la
grandeza de Dios en nosotros, reciben el impacto de su amor; pero siempre
tendrán la libertad de escoger si abrazarle o no. Levantemos pues a Jesús, y
dejemos que los demás decidan seguirle. Como el mismo Jesús dijo: Y, cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí (Juan 12.32).
Ah, y que tengan todos una muy feliz
Navidad…






